Alejandro Medina: Algo de lo que yo recuerdo


Leopoldo García-Colín Scherer
Universidad Autónoma Metropolitana-Iztapalapa





Conocí al ``Maestro'', como todos le llamábamos a Alejandro Medina, en 1951. En ese entonces cursaba el tercer año de Química en la vieja Escuela Nacional de Ciencias Químicas (ENCQ), ubicada en Tacuba, y las dos materias del primer año de la carrera de físico que no había logrado revalidar, Geometría Moderna y Temas Selectos de Física Contemporánea. La Facultad de Ciencias estaba entonces en el Palacio de Minería. En esa época, el Maestro impartía cursos de Ingeniería Química en la ENCQ y seminarios intensivos sobre varios temas de frontera de la física a los estudiantes avanzados de la Facultad y los pasantes recién graduados de la carrera, entre los que se encontraban F. Prieto, J. de Oyarzabal, F. Medina Nicolau y J.M. Lozano. Su fama como gran expositor era ya bien conocida en ambas instituciones. La oportunidad de entablar contacto directo con él se presentó en 1952. En el cuarto año de la carrera de Químico Industrial había una materia optativa (o dos quizás) que se podían elegir entre varias opciones. Una de ellas era Química Teórica y su profesor Alejandro Medina. Dado mi enorme interés por la termodinámica no titubeé en inscribirme. El curso era en realidad uno de Termodinámica Estadística con aplicaciones a varios temas de fisicoquímica. La fascinación que uno sentía al escuchar a una persona tan talentosa hablar de temas tan ajenos a los habituales en ese entonces y en una forma tan clara y precisa, tuvo efectos inmediatos. Decidí buscar la manera de ver si el Maestro tendría tiempo para dirigirme mi tesis profesional. Yo era muy tímido y no osaba enfrentármele directamente con la pregunta. Recurrí a un colega mío de la Facultad de Ciencias, Carlos Cartín M., Ingeniero Químico también y creo contemporáneo de don Alejandro, pues se tuteaba con él. Tutearse con un maestro en los años cincuenta era simplemente inconcebible. Así, Cartín habló con el Maestro, quien accedió a mis deseos. Me citó en su oficina en el viejo Instituto de Química, ubicado en la parte de atrás de la vieja Escuela, allá en Tacuba, y recuerdo muy bien que me preguntó por mis intereses. Supongo que nervioso y titubeante, le hablé de mi interés por la termodinámica y del impacto que me había producido su curso. Su respuesta fue quizás el primer monólogo, tan característico del Maestro, que escuché de él. Me hizo toda una exposición del proyecto que había en México de construir una pila atómica. Entonces supe que uno de esos seminarios de la Facultad de Ciencias, al que asistían Prieto, Oyarzabal, Medina N. y Lozano, era sobre la física de una pila heterogénea. Pero había la parte química del proyecto: emplear agua pesada como moderador; y para obtener agua pesada (D2O) había que tener deuterio (D2), y toda la información que ya existía en otros países sobre las propiedades del D2 y el D2O eran clasificadas. La idea de don Alejandro era simple y bastante realista. En las plantas que PEMEX tenía para producir amoniaco (NH3) se manejaban grandes volúmenes de hidrógeno (H2). El deuterio constituye aproximadamente el 1% de la composición del hidrógeno natural, de manera que se puede, en principio, por algún método físico, como difusión térmica, separarlo del hidrógeno y oxidarlo para formar D2O. La idea era pues pedirle el hidrógeno a PEMEX, separar el deuterio y devolver el H2 puro para su producción de NH3. El problema que se presenta en este proceso es que el D2 y el H2 reaccionan entre sí para formar hidruro de deuterio (HD) según la reacción

H2 + D2 <==> 2HD,


y lo que se requiere es desplazar el equilibrio hacia la izquierda para evitar la formación de HD. Para no hacer la historia tan larga, todo el proyecto de estudiar la obtención de D2 fue elaborado por F. Chaos, J. Carrasco, R. Treviño, C. Cartín y yo. A mí me tocó calcular las propiedades termodinámicas del D2. Para ello me preguntó el Maestro qué sabía yo de mecánica cuántica y termodinámica estadística, a lo que respondí que casi nada. La primera tarea que me asignó fue estudiar una buena parte de los libros de Pauling y Wilson de mecánica cuántica, el Eyring, Kimball y Walter de química teórica, el Lindsay de física estadística y el Fowler y Guggenheim de termodinámica estadística. Para un estudiante de química esto era simplemente una tarea titánica y apenas cursaba el segundo año de física. Pero aquí aparece un rasgo poco común en un maestro y no sé qué tan apreciado fue en el caso de don Alejandro: la guía paciente y dedicada al inexperto alumno. Durante el periodo de estudio me reunía con él periódicamente para reportar avances y exponer dudas. Estas últimas eran minuciosa y detalladamente explicadas hasta disipar la más mínima dificultad. Superado este periodo de entrenamiento vino el trabajo propio de la tesis, hubo ocasiones en que las sesiones de trabajo empezaban a las 10 de la mañana y terminaban a las 10 de la noche con un breve intervalo al medio día para comer algo ligero. Trabajar con don Alejandro no era fácil. Demandaba dedicación completa y resultados concretos. No había lugar para intentos de excusas por falta de trabajo y tampoco para la presentación de resultados vagos e imprecisos. Toleraba errores, pero éstos se corregían rápida y eficientemente. Y las sesiones de trabajo, como sus seminarios, como bien lo saben los que las tomaron, eran agotadoras. El factor tiempo no existía, sólo se terminaban cuando él decidía el punto en que esto debiera ocurrir. En estas condiciones el estudiante inexperto, pero dedicado, como fue mi caso, terminó su tesis en menos de un año.

Curiosamente, durante estos meses de interacción fuerte con don Alejandro, surgió un paternalismo, de su parte hacia mí, que difícilmente puedo explicar. En 1953, año en que me recibí de Químico, cursaba ya el tercer año de la carrera de Físico, y él tomó en sus manos el papel de mi guía intelectual y, en cierto modo, espiritual. Para entender esto bien, debo hacer una pausa. Don Alejandro era una persona de carácter muy dominante, fuerte, nacionalista, intransigente a la mediocridad y extremadamente agresivo. Lo que pensaba, lo decía en muchas ocasiones humillando o lastimando a terceros. Además era multifacético. Pianista consumado, creo que inclusive concertista, conocedor de criptología egipcia, inagotable excursionista y alpinista, organista, y no sólo como ejecutante sino como profundo conocedor de la mecánica del instrumento mismo, y padre de cuatro hijos, era un apasionado incorregible. Todas estas actividades las realizaba de manera intensiva, que a cualquier persona podría parecerle irracional. Cuando se sentaba al piano a tocar a Bach, su compositor predilecto, lo hacía ininterrrumpidamente por horas, días y a veces semanas. Y durante esos periodos de actividad difícilmente quería saber de física o cualquier otra cosa. Si le daba por el alpinismo lo hacía de manera tal que después se quedaba en cama por días en estado de agotamiento. Y así con todo. Recuerdo conversaciones que tenía con él en las cuales alguna vez intentó convencerme de hacer alpinismo. Yo rehuía la invitación diciéndole que los fines de semana me gustaba jugar pelota vasca (jai-alai) a lo que él burlonamente decía: ``y qué chiste tiene andar como loco ahí con una canastita tratando de cachar una pelota.'' ``Y qué chiste tiene subir al Popo en 8 horas, bajar como bólido y después estarse dos días en cama'', le decía yo. ``El día que vaya una semana entera a la Sierra Nevada a admirar los paisajes, disfrutar la montaña, voy con Ud.'' Eso, claro, nunca ocurrió. Curiosamente, en mi caso, respetaba mi afición por otro deporte. Con otras personas era menos tolerante.

Dentro de una vida tan intensa y variada como la de él, decir que adoptó a un estudiante como su hijo intelectual no es fácil. Pero así fue. Durante los dos últimos años de la carrera y parte de 1955 se dedicó a decirme qué materias estudiar, dónde estudiarlas, qué libros leer, cuáles no, aclararme dudas hasta la saciedad y, finalmente, ponerme a trabajar en teoría de grupos para después aplicarla a la teoría cuántica de los campos y culminar el programa con una estadía mía con el gran físico sueco G. Källen, sacar el doctorado y regresar a trabajar con él en esa disciplina de la física teórica. Naturalmente esto no ocurrió. Después de que el proyecto de la pila atómica fue boicoteado por razones políticas internas y no se presentó en la Convención de Atomos para la Paz que tuvo lugar en Ginebra en 1954, don Alejandro cambió. Recuerdo vagamente que sería a mediados de 1955 que en una ocasión nos dijo a Prieto, Carrasco y a mí, entre otros, que ya era tiempo de que los científicos en México dejáramos de ser un lujo para el país y en lugar de dedicarnos a temas tan esotéricos y estériles como la teoría de los campos, empezáramos a pensar en otros de interés práctico como la electrónica. En un santiamén nos vimos sus allegados asistiendo tres tardes por semana a Lafragua No. 6, las oficinas del entonces Instituto Nacional de Investigación Científica (INIC), a tomar un seminario de teoría electromagnética enfocado al estudio de circuitos electrónicos. Esto coincidió con la llegada a México de Manuel Cerrillo, el destacado electrónico mexicano que por muchos años había trabajado en los Lincoln Radiation Laboratories del MIT. Cerrillo, por razones que no recuerdo, estaba asociado al INIC y realizaba tareas de investigación en electrónica con un grupo, donde, entre otros, estaba Carlos Vélez O. Lo sorprendente de estos eventos y que de nuevo refleja el talento del Maestro, fue ver cómo en un año, cuando mucho, se puso al nivel de Cerrillo y su grupo en un tema que hasta donde yo sé, nunca había cultivado antes. Sin embargo, yo aquí perdí de vista a don Alejandro por algunos años. En el otoño de 1955 lo fui a ver para decirle con toda franqueza que a mí no me interesaba la electrónica, y que me iría en 1956 a los EUA a sacar mi doctorado. No olvidaré nunca ese día. Estaba en cama posiblemente agotado después de alguna de sus interminables excursiones de alpinismo y me dijo: ``Le agradezco que tenga los pantaloncitos para hablarme así de frente. Respeto su decisión y le deseo mucho éxito. No olvide tenerme al tanto de sus progresos''. No volví a verlo hasta mi regreso a fines de 1960.

La electrónica fue para él otra breve etapa en su vida. Sus estudiantes y allegados solíamos comentar entre nosotros que sus actividades eran similares a abrir paréntesis por la izquierda para no cerrarlos nunca por la derecha. Por perfeccionismo, pérdida de interés, indiferencia a la inexistente política de publicar o perecer, nunca parece haber concretado nada. Una anécdota muy característica de él viene a mi memoria.

Allá por los años de 50-51, sabía yo que había elaborado una teoría sobre la estructura de las partículas elementales basada en la idea de asignar una medida, creo de Stieltjes, a cada partícula. Este trabajo lo presentó en la primera reunión conjunta de la SMF y la APS que tuvo lugar en México, D.F., en 1951. Rápidamente se corrió el rumor que había tenido cierto impacto entre los expertos en el tema, Feynman incluido. El trabajo original lo envió a publicación al Phys. Rev. y obviamente fue rechazado, no sé si totalmente o en su primera versión, pero me tocó estar presente en uno de sus tantos monólogos en el INIC cuando se quejó de ``la ignorancia que tenían los árbitros de esa revista'', su indignación a los comentrios del (o los) arbitro(s) y su consecuente resolución de jamás volver a enviar nada a dicha revista. El trabajo se publicó parcialmente en la Rev. Mex. Fís. en 1952 y, hasta donde yo recuerdo, jamás volvió a trabajar en el tema. Si lo terminó y no lo publicó, o no lo terminó, siempre fue un misterio para mí. Es posible que haya quedado enterrado en esa enorme pila de notas y manuscritos que tenía en su biblioteca y cuyo destino, después de su muerte, me es desconocido.

A mi regreso de los EUA me encontré con el Maestro en una forma un tanto particular. Manuel Sandoval Vallarta, entonces vocal científico de la Comisión Nacional de Energía Nuclear, me dio mi consabido nombramiento de Asesor Científico de la misma, asignado al Laboratorio de Radiación Electromagnética, ubicado en la Colonia Santa María de la Rivera y a cargo de Alejandro Medina. El día que me presenté me dio una cordial bienvenida y me dijo: ``Don Leopoldo <196>primera vez que se dirigía a mí por mi primer nombre<196>, lo asignaron aquí sin consultarme, pero por tratarse de Ud. no levanté objeción alguna. Aquí tiene Ud. un escritorio, póngase a trabajar en lo que quiera y téngame al tanto de lo que hace.'' l para entonces había pasado de la electrónica a la cibernética y estaba totalmente dedicado a la teoría del control. Nuestra interacción se reducía a escasos encuentros en los cuales a través de largos monólogos me intentaba explicar las metas y los proyectos que tenía. Yo escuchaba atentamente tratando de entender algo de toda esa maraña de conceptos totalmente ajenos a la física estadística. No recuerdo con precisión en qué año, pero ahí por 1962-63, volvió a la ya flamante Facultad de Química en CU, para enseñar cursos avanzados de algunas operaciones unitarias de la ingeniería química; destilación era su preferida y algo tuvo que ver con la instalación y puesta en marcha de los nuevos laboratorios de ingeniería química. Durante toda esa época (1962-1971), él siguió trabajando en cuestiones de cibernética, control, automatización y temas afines en el Instituto Nacional de Energía Nuclear (INEN), sucesor de la vieja CNEN y en la Facultad de Química. De 1963 a 1967 lo vi poco por mi salida del D.F. a la Universidad Autónoma de Puebla y un año de estancia en el Centro Nuclear de Salazar. Nuestro único punto de reunión eran los seminarios de los viernes que presidía religiosamente don Manuel Sandoval Vallarta.

La última interacción fuerte que tuve con el Maestro fue en 1969. Fernando Prieto, entonces Director de la Facultad de Ciencias, me invitó a ser profesor de tiempo parcial (1967) y a don Alejandro a ocupar una plaza de profesor titular y convencerlo de que debía sacar un doctorado. l no lo tenía, no lo necesitaba para fines académicos y no le interesaba. Pero era útil sacarlo por cuestiones burocráticas. El Maestro accedió y por razones que no recuerdo fui designado miembro del jurado para su examen doctoral. Desde luego mi reacción fue la de declinar la designación, no concebía al ex-estudiante calificando al Maestro, pero no fue aceptada. Fui a verlo para explicarle la situación y mostrar mi absoluta falta de conocimientos para juzgar un trabajo que estaba muy por encima de mi juicio y que, además, yo aceptaba tácitamente, debía ser original y de gran calidad. Como siempre, se rio de mí y me dijo: ``Mire don Leopoldo, Ud. no se preocupe, yo le voy a explicar a Ud. hasta el último detalle de mi tesis, `Un Modelo de Control para Reactores Nucleares', para convencerlo de su contenido. Deme Ud. una cita (yo era entonces Subdirector de Investigación en el IMP) y ya verá''. Creo que nos pasamos dos mañanas enteras en que el Maestro se desplazó del sur de la Ciudad a la colonia Industrial Vallejo, donde está el IMP, para explicarme detalladamente todo el contenido de su tesis. Algo aprendí, pero como total ignorante del tema no pude juzgar la originalidad; como siempre, la exposición fue magistral, clara y precisa. Yo lo tomé como un gesto de amistad y de absoluta honestidad profesional. Su examen fue un mero trámite, pues no creo que nadie en el medio dudara que el maestro debía de ser el ``Doctor Alejandro Medina''.

Muy poco tiempo después de su doctorado, enfermó, y cuando ya entrado 1971 quise ir a saludarlo, su esposa Cristina me dijo que no quería verme, el Maestro deseaba que conservara la imagen que tuve de él por los veinte años que nos tratamos. No lo ví más. Falleció en enero de 1972.

Es imposible hacer justicia en un escrito de esta naturaleza a un hombre tan versátil como Alejandro Medina. A medida que escribo se me vienen a la memoria innumerables anécdotas de su multifacética vida y que reflejan los también variados aspectos de su personalidad. Es una tristeza que se sepa tan poco de él en los medios científicos y académicos del país. Jamás recibió un reconocimiento en vida, mucho debido a su carácter y a la línea de conducta rígida e imperturbable que siguió en su trayectoria profesional. Debido a esa versatilidad en sus actividades, todas llevadas a cabo en forma intensiva y durante periodos muy cortos, no formó realmente una escuela. Muchos, incontables, fueron los estudiantes que pasaron por sus manos y aprovecharon sus enseñanzas. Colaboradores y seguidores de una línea de pensamiento que se haya multiplicado en la formación de investigadores para consolidar esa línea y hacerla progresar, no los hay. En una época, Prieto, Oyarzabal, Medina N. y Lozano parecían ser los candidatos naturales para seguir por la línea de la teoría de los campos cuantizados y las partículas elementales. Pero no fue así, cuando Alejandro dejó esa línea de trabajo, cada uno de ellos tomó su camino, pero en otros temas de la física. En electrónica y cibernética, además de su fiel seguidora y colaboradora, doña Gertrudis Kurz, Frau Kurz, como él la llamaba, tuvo, que yo recuerde, tres alumnos destacados, Jorge Gil, Antonio Elguézabal e Isaac Schnadower. Ninguno de ellos, hasta donde llega mi conocimiento, siguió por las líneas de investigación en la electrónica y la cibernética, hasta formar una escuela. Lo mismo puede afirmarse de sus alumnos y colaboradores en Ingeniería Química. El único alumno, en el sentido formativo que tuvo Medina, fui yo. l me enseñó termodinámica y mecánica estadística en la vieja Escuela de Ciencias Químicas en Tacuba. l me enseñó a navegar por el difícil camino de la investigación científica y realmente me transmitió el modelo de lo que debía ser un científico arraigado a un país de tercera como el nuestro. Y si hoy se reconoce la existencia de una escuela de física estadística en el país, se lo debemos a él. Quede pues este testimono escrito de que dentro de la agitada, intensa y variada vida intelectual y artística del Maestro, hubo al menos una semilla que sí floreció.

Poco queda de su obra. La biblioteca ``Alejandro Medina'' en la Facultad de Ciencias y una Cátedra de Excelencia que lleva su nombre en el Centro de Cómputo de la UNAM. El cúmulo de notas y manuscritos que tenía, aparentemente se perdió. Los que no lo conocían en persona poco saben de él. En los cuarenta y cinco años que hasta hoy abarcan mi vida profesional, nunca he conocido ni aquí ni en el extranjero, a una persona con la capacidad de don Alejandro. Pero en nuestros raquíticos medios prevalece aquella actitud cuya expresión se le atribuye a don Santiago Ramón y Cajal cuando, al recibir la noticia de que se le había conferido el premio Nobel, se asustó temiendo represalias y al verlo sobresaltado su mujer le preguntó qué le ocurría. Él respondió: ``es que en nuestro país todo se perdona, menos el éxito.'' A Medina hubo muchos que no se lo perdonaron y lo hostigaron. No le dejaron brillar como debió haber brillado, y él, en lugar de luchar, se encerró en sí mismo; hizo las cosas a su manera y en el fondo no se preocupó mucho por el impacto que eso tuvo en el medio. No obstante hay que reconocer que fue un hombre con un talento extraordinario y un carácter que poco le ayudó para florecer en un medio como el nuestro.

XII Congreso Nacional de Física, Guanajuato, Gto., abril de 1969. De izquierda a derecha: Antonio Elguézabal B. y Sra. Bravo, Gertrudis Kurz Wolf, Alejandro Medína Meléndez, Cristina Piña, Adalberto González Burmester, Rafael Cabello S., Gonzalo Suárez J., Justino Gúzman L., Carlos Iturriaga Amador, Luis Bojoórquez castro, Arturo Noyola I., Raúl Montiel, Luis Soto. Archivo: Sociedad Mexicana de Física.