TÍTULO: Los muchos rostros de la ciencia
AUTOR: Antonio Fernández Rañada
EDITORIAL: Ediciones Nobel, Asturias, 1995
RESEÑA POR: Ana Ma. Cetto



Antonio F. Rañada, distinguido físico español, autor, entre otros textos, de la Dinámica Clásica (1990), nos deleita con uno más de sus libros. Los muchos rostros de la ciencia nació de la idea de presentar el mundo de la ciencia a personas con formación humanística. A pesar de ello, o quizá por ello mismo, resulte tan grata su lectura para todos.

Mucho se debate hoy día la imagen de la ciencia entre el elogio de quienes ven en ella la única forma válida de conocimiento, capaz de ``explicarlo y resolverlo todo'', y el despecho de quienes ven en ella la negación misma de la cultura y causa directa de las crisis de la modernidad. Este libro contiene una decidida propuesta de valoración - o más bien, revaloración - de la ciencia. Hace ver, sin embargo, que para valorarla adecuadamente hay que comprender su relación con los aspectos más definidores del ser humano y su papel esencial en el proceso llamado de humanización: la evolución de tipo social que sigue a la biológica. La obra está escrita desde la convicción de que las visiones unidimensionales de la ciencia, adoptadas por cientistas y humanistas, son dos perversiones de la ciencia, visiones distorsionadas del mundo y del hombre. A ellas opone el autor el modo multidimensional de percibir la ciencia, porque la ciencia tiene muchos rostros, muchas dimensiones, mira hacia muchos horizontes; porque surge de un diálogo permanente con el mundo, en que están necesariamente implicados los seres humanos con todas sus múltiples facetas. Desde esta perspectiva multidimensional, es claro que la presencia de la ciencia en la educación general y en la divulgación, no puede supeditarse a sus aplicaciones prácticas, sino que debe enraizarse íntimamente en la cultura.

Para Antonio Rañada, ciencia y arte han sido y son los dos motores principales del proceso de humanización, de la evolución social que vivimos ``desde el hacha de sílex'': la una, aportando ideas y herramientas sobre el mundo; la otra, creando ambientes propicios y afilando las potencias humanas. Son dos capacidades definidoras de lo esencialmente humano, que comparten la búsqueda de la belleza y el sentido de lo prodigioso, la extracción de la simplicidad a partir de lo complejo, el asombro ante el descubrimiento de lo inesperado, el eterno afán por develar los misterios de la naturaleza. ``...Sí, la naturaleza brilla con luces diferentes y las cosas cantan de muchas maneras y canciones muy distintas: los artistas, los poetas y los filósofos ven y oyen algunas, los científicos, otras.''

Contiene el libro un capítulo de particular inter‚s para nuestros lectores, que se refiere a la ``penuria científica española'', cuyo origen histórico se remonta a la ‚poca de Felipe II en el siglo XVI. Analiza el autor varios factores que, por aquellos días, empujaron hacia una visión unidimensional de la ciencia: por un lado, la contrarreforma inhibió el desarrollo de toda visión del mundo que pudiese ser considerada como incompatible con la tradicional; por otra parte, aunque la tensión que sufrió la sociedad española para administrar su reci‚n establecido imperio fue estimulante en muchos aspectos, fue muy negativa para la ciencia. Sin duda en el siglo XVII hubo todavía resultados brillantes, pero el desinter‚s por su base conceptual hizo muy difícil la absorción de los nuevos planteamientos; la sociedad española perdió así la oportunidad de contribuir al desarrollo y apogeo de la ciencia europea en los siglos subsecuentes. Ni qu‚ decir de las consecuencias que esta penuria científica de España significó para la ciencia en los territorios de la Colonia.

El libro habla de los grandes problemas del mundo presente y de su relación con la ciencia; lo hace con gran sinceridad, con profunfo sentido ‚tico y humano, y con el optimismo de quien ha aprendido a mirar la ciencia desde una óptica multidimensional, antirreduccionista, antidogmática. Una óptica que vale la pena tratar de compartir.

Los muchos rostros de la ciencia ha hecho a Antonio Fernández Rañada merecedor del Premio Internacional de Ensayo Jovellanos 1995.