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Juan Fernando Cárdenas Rivero:
Romanticismo y ciencia

Candelario Pérez Rosales

Instituto Mexicano del Petróleo


 

El mes de septiembre de 1955 fue lluvioso en grado extremo para la parte central de México, a causa del huracán Hilda. El 11 de septiembre, el huracán se encontraba al norte de Puerto Rico, cuando todavía tenía la categoría de tormenta tropical, y se movía de este a oeste, siguiendo la trayectoria habitual de los huracanes generados en esa región del Atlántico. El día 12 se transformó en huracán, y el 13 pasó rozando el norte de La Española, sin tocar tierra. El 14 pasó por la parte sudoriental de Cuba, y luego enfiló su trayectoria hacia territorio mexicano. El 17 cruzó la península de Yucatán, para entrar el 18 en aguas del Golfo de México, moviéndose con rugidos ensordecedores casi en línea recta rumbo a Tampico. Al amanecer del 19 de septiembre, el huracán se aproximó a las costas, con vientos de velocidad creciente que rebasaban los 250 kilómetros por hora. El pánico se empezó a apoderar de las poblaciones costeras. Ese día, por la tarde, el huracán entró con furia en territorio nacional, en las inmediaciones del puerto de Tampico, acompañado de destrucción y muerte, y provocando una de las peores inundaciones de que se tenga memoria. Las partes bajas de Tampico quedaron sepultadas bajo las aguas por varios días. Los efectos destructores del huracán se esparcieron por todo el altiplano.

El huracán Hilda sorprendió a Juan Cárdenas en la ciudad de San Luis Potosí. Como estudiante de la Escuela Superior de Ingeniería Mecánica y Eléctrica (ESIME) del Instituto Politécnico Nacional (IPN), había ido a pasar unos días de descanso a su casa paterna, aprovechando su cumpleaños del miércoles 14 de septiembre, y el largo puente de las fiestas patrias que se extendió desde el jueves 15 al domingo 18.

Cuando se disponía a regresar a la ciudad de México para continuar sus estudios, supo que las comunicaciones terrestres entre San Luis y la capital del país estaban interrumpidas. Las torrenciales lluvias del huracán habían causado el desbordamiento de presas y ríos en el Bajío, y las corrientes sin control habían destruido tramos importantes de las vías de comunicación. Así, por azares del destino, Juan quedó atrapado en su tierra natal. Estos acontecimientos, en apariencia sin trascendencia para su futuro, marcaron un dramático parteaguas en la vida de Juan Cárdenas.

Las tardes lluviosas transcurrían monótonas y melancólicas: silencio y soledad en casa; silencio y soledad en las calles de la ciudad. Encerrado en su habitación, leía y meditaba. Leía a George Gamow, uno de sus autores predilectos. ¡Cuánta belleza y cuántos misterios se podían captar a través de las descripciones cosmológicas de Gamow! El alma se sentía sobrecogida ante la inmensidad del Universo.

Sus pensamientos volaban sin freno entre su pasado y su futuro. Sentía que su pasado como estudiante de la ESIME no era compatible con el futuro que buscaba. La ingeniería le parecía demasiado estrecha para sus aspiraciones. La ingeniería estaba hecha para resolver problemas sociales. Eso no era para él. Prefería dedicar su vida a una disciplina científica, amplia y profunda, donde la imaginación pudiera volar por el universo de Gamow, desde la pequeñez insondable del núcleo atómico, hasta los más remotos confines del Universo. Quizá fuera la física, con su aliada las matemáticas, lo que estaba buscando. Quizá.

Una de esas tardes lánguidas, se sintió aprisionado por las dudas. La incertidumbre en su futuro era más confusa que nunca. A estas alturas de sus estudios en el IPN, cuando estaba a punto de titularse como ingeniero mecánico electricista, ¿era prudente romper con la ingeniería para dedicarse a la ciencia? ¿No sería una locura romper tan bruscamente con una carrera que por años había sido el orgullo de su padre? Estos pensamientos se apretujaban en su cerebro y lo estremecían de pies a cabeza. En un arrebato de seguridad en sí mismo tomó una decisión audaz, de la que no se arrepentiría jamás. Era ahora o nunca. No tenía sentido pensarlo más. En adelante, no más ingeniería. Se acogería a la ciencia cualesquiera que fueran las consecuencias. Se quedaría en San Luis para pensar una estrategia salvadora.

Cuando el mal tiempo hubo amainado, vagó a la deriva por las calles y parques de San Luis en busca de un punto de apoyo. Por una de esas extrañas coincidencias que rara vez ocurren en la vida, supo que estaba en marcha un proyecto para abrir una escuela de física en el seno de la Universidad Autónoma de San Luis Potosí (UASLP). Gustavo del Castillo y Gama, uno de los cinco doctorados en física con que México contaba en aquel tiempo, desplegaba una actividad frenética para materializar un plan que había concebido un año atrás. Sus deseos de implantar la física en San Luis Potosí lo habían llevado a tocar puertas por aquí y por allá en busca de ayuda económica. Sus vehementes llamadas habían sido vistas con simpatía en PEMEX, en el Instituto Nacional de la Investigación Científica (INIC) y en la rectoría de la UASLP. La idea que tenía en mente era la creación no sólo de una escuela, sino también de un instituto de física. La escuela se haría cargo de la docencia y el instituto de la investigación. La noticia de este plan le llegó a Juan como un regalo caído del cielo. Esta era la oportunidad que estaba buscando.

Cuando se inauguraron los cursos de la Escuela de Física, el 5 de marzo de 1956, Juan Cárdenas era uno de los nueve alumnos que estaban presentes en el salón de clases. En ese momento, se inició una de las más sorprendentes carreras que haya vivido la física de San Luis Potosí.


De izquierda a derecha: Antonio Alvarado, Juan
Cárdenas, Manuel Carrillo y Candelario Pérez,
mostrando el primer cuete experimental construido
en la Escuela de Física de la UASLP, noviembre de 1957.

Juan Fernando Cárdenas Rivero nació en Cárdenas, SLP, el 14 de septiembre de 1928. Hijo de Fernando Manuel Cárdenas, maestro mecánico electricista de Ferrocarriles Nacionales de México, originario de México, D.F., y de Evangelina Estela Rivero, llegada de Monterrey, N.L. Juan fue el mayor de tres hermanos; le siguieron Isabel Evangelina y Margarita Estela.

La ciudad de Cárdenas era un centro ferrocarrilero de primer orden, que ocupaba una situación geográfica estratégica. En ese tiempo, la mayor parte del petróleo nacional era producido en la región huasteca, y la capital del país era abastecida por ferrocarril. Aún no existían los oleoductos. Los kilométricos trenes de carros tanque que transportaban el petróleo eran jalados por máquinas de vapor. Salían de Tampico; cruzaban las planicies de la Huasteca como gusanos negros que olían a chapopote; trepaban pesadamente las empinadas cuestas de la Sierra Madre Oriental resoplando vapor y fuego como bestias enfurecidas; y llegaban exhaustos a Cárdenas para abastecerse de agua y recibir mantenimiento. Por su importancia como centro ferrocarrilero, Cárdenas atraía familias y aventureros de todas partes del país, y aun del extranjero: chinos, judíos, árabes, griegos, japoneses, polacos y franceses llegaron para integrarse a la población cardenense. Alrededor del ferrocarril floreció el comercio y la cultura de Cárdenas.

Cerca de Cárdenas estaba la Hacienda de Palomas, que adquirió fama al final de la fase armada de la Revolución Mexicana. Allí el general Saturnino Cedillo había establecido su cuartel general de operaciones. Cedillo fue el último de los caudillos de la Revolución. Después de actuar como Secretario de Agricultura y Fomento, en los años 1935-37, durante el sexenio del general Lázaro Cárdenas, se levantó en armas, en mayo de 1938, contra el gobierno que le había dado poder y fuerza. Murió en combate, en 1939, luchando contra las fuerzas federales comandadas por el general Miguel Enríquez Guzmán. Fue un idealista extemporáneo. Se fue de este mundo pensando que la fase armada de la Revolución Mexicana aún no había terminado, y que las ideas se podían imponer por las armas.

En ese Cárdenas de los años treinta y principios de los cuarenta, dominado por el ferrocarril, Juan hizo sus estudios primarios y secundarios. Luego se trasladó a la ciudad de San Luis Potosí para cursar la preparatoria en la UASLP, como una etapa previa para iniciar una carrera en ingeniería. Pero las ingenierías no se enseñaban en la UASLP; por lo tanto, al finalizar la preparatoria, emigró a la ciudad de México, donde hizo la vocacional, para luego inscribirse en la ESIME del IPN. Estaba a punto de convertirse en ingeniero mecánico electricista, cuando intervino el huracán Hilda. Al estilo de los dioses homéricos, este meteoro, con su furia e inundaciones, cambió el destino de Juan. Su nueva vida empezó a tomar forma aquel 5 de marzo de 1956, con la inauguración de la Escuela de Física de la UASLP.

Cuando la Escuela de Física se puso en marcha, los nueve alumnos inscritos formaban un grupo heterogéneo. Era como una pequeña legión de exploradores que habían sido reclutados al azar, y cuyo único interés común era llegar algún día a ser catalogados como profesionales de la física. Al poco tiempo de estar sometidos a las enseñanzas de una disciplina hasta entonces desconocida en la UASLP, Juan Cárdenas empezó a destacar como el líder natural del grupo. Su madurez, su don de gentes, su sentido del humor, pero, sobre todo, su personalidad dominante, lo colocaron automáticamente en ese lugar de privilegio. Fue lógico y natural que, cuando se requirió la presencia de un representante de los alumnos ante el Consejo Directivo de la Universidad, Juan fuera seleccionado para el puesto, y en ese cargo se mantuvo durante todo el tiempo que fue estudiante de física.

Fue un alumno brillante. Desde sus primeras inmersiones en aquel mundo en formación, tan lleno de fórmulas, leyes y experimentos, dio muestras de una inteligencia superior. No había duda: Juan Cárdenas estaba destinado a ser un triunfador en las ciencias exactas.

Sintió pasión por la física pura. Por la física que existe independientemente de sus aplicaciones al mundo real. En sus divagaciones sobre la naturaleza de la física, incursionó en terrenos de la filosofía. Sumergido en razonamientos profundos, exploró esa región donde la física se confunde con la filosofía, para intentar comprender las razones misteriosas que ligan la física con las matemáticas, y que hacen posible que el mundo físico se pueda describir mediante leyes y principios inmutables.

Sintió una atracción irresistible hacia las matemáticas. Gozó su complejidad armónica, construida por la contundencia de la lógica, a partir de axiomas admirablemente simples. Seguidor romántico de las bellas artes, encontraba un paralelismo entre las matemáticas y la música. Para él, las matemáticas eran el arte ideal disfrazado de ciencia, donde la belleza alcanza su máximo esplendor.


Cena en el café "La lonja", después de una conferencia
dictada por Jorge Rickards (extrema derecha) del
Instituto de Física de la UNAM. A su derecha aparece
su señora esposa; luego Eugenio Ley Koo. Candelario
Pérez, Juan Cárdenas y Jorge Pérez. Enero de 1960.

Juan Cárdenas será recordado por quienes estuvieron expuestos a sus enseñanzas como un maestro diferente, excepcional. Por el tiempo en que terminó sus estudios profesionales, la Escuela de Física pasaba por una de las crisis recurrentes de aquellos años. Había penuria económica y escasez de personal docente. En esa época de lucha por la supervivencia, él se incorporó al plantel de profesores. Casi de inmediato adquirió la fama de buen expositor. &iqeust;Qué era lo que lo hacía diferente? Tenía el don de despojar de aridez sus lecciones de física, mediante la receta de entremezclar las cantidades precisas de ciencia y buen humor. Un humor fino y sutil.

Fue un maestro que se apartó de los programas rígidos de enseñanza. Nunca fue un esclavo del calendario ni del reloj. Para él, enseñar física era un gusto, no una obligación. Al igual que los grandes maestros de la antigüedad, que crearon la ciencia y la filosofía, nunca se sometió a los dictados del tiempo.


Juan Cárdenas maquinando una pieza de cohete.
Escuela de Física de la UASLP, 1956.

La fidelidad, el sentido del humor y el respeto por los valores ajenos fueron signos característicos de su personalidad. Fueron estos dones los que le acarrearon amigos. Muchos amigos. Entrañables amigos. Sus amigos buscaban su compañía, porque su trato humano, agradable, despojado de preocupaciones, les aligeraba la vida y les rejuvenecía el espíritu.

A la desaparición de un personaje destacado, la gente hace un balance del desaparecido. Y se pregunta cuál fue su aportación máxima a la sociedad. En el caso de Juan Cárdenas no es difícil dar con la respuesta exacta. No hay duda de que su mayor contribución fue la modernización del Instituto de Física, y la introducción de estudios de posgrado en física, en la UASLP.

El Instituto de Física tuvo un curso errático en sus primeros años. Avanzó por un camino sinuoso, lleno de incertidumbres. En su sesión del 1 de diciembre de 1955, el Consejo Directivo de la UASLP aprobó la creación de la Escuela y del Instituto de Física, como dependencias de la Universidad. Ese fue un día de triunfo y de júbilo para Gustavo del Castillo, su creador. Fue el final de una intensa labor de convencimiento y de jornadas agotadoras, en un medio incrédulo, receloso y, a veces, hostil. En días previos, Gustavo había acordado con el rector Manuel Nava que el Instituto sería sostenido con fondos de PEMEX y del INIC, en tanto que la Escuela dependería exclusivamente de la Universidad.

A pesar de la escasez de personal, el Instituto tuvo un arranque vertiginoso, espectacular. Al año y medio de su creación, el Instituto contaba con un Laboratorio de Radiación Cósmica, donde se trabajaba en el área de física nuclear de altas energías. También se habían sentado las bases para la creación de un laboratorio de espectroscopía nuclear, para hacer investigación en física nuclear de bajas energías.

A mediados de 1959, Gustavo del Castillo emigró a los Estados Unidos, y el Instituto de Física entró en su primer periodo crítico. Al desaparecer la cabeza y el alma del Instituto, los planes originales se desplomaron. Yo recibí el Instituto en condiciones deplorables, a punto del colapso total. Sobre mis hombros tuve que soportar una pesada carga enmohecida por el abandono.

En 1960, ocurrió un hecho milagroso que vino a aligerar la carga: Recibí la visita inesperada del astrónomo Guillermo Haro, en aquel tiempo uno de los científicos mexicanos más admirados y respetados por sus hazañas internacionales. En la plática que sostuvimos, Haro captó las dificultades por las que atravesaba la física en San Luis. Era evidente que el Instituto de Física necesitaba con urgencia la ayuda del centro. A su regreso a la ciudad de México, hizo arreglos para que el INIC canalizara fondos hacia nuestro equipo de trabajo. Y así el Instituto de Física volvió a dar señales de vida.

La ayuda del INIC fue efímera; tan sólo duró cuatro años. Hubo cambios en la administración del INIC, y el Instituto de Física quedó fuera del presupuesto. Sin el soporte económico del INIC, y con el personal reducido a su mínima expresión, el Instituto entró en el más prolongado de sus periodos críticos. Poco a poco fue perdiendo presencia real y se fue hundiendo en el mundo virtual, donde los recuerdos ejercen su dominio.

Y llegó mi turno de emigrar. En 1966, me fui a radicar a la ciudad de México, después de estar al frente de la física en San Luis Potosí durante siete años. La responsabilidad de mantener viva la tradición de hacer física recayó en Juan Cárdenas.

Durante el primer lustro de la administración de Juan, la imagen del Instituto se fue borrando poco a poco. Al sexto año, había perdido todo vestigio de realidad, y se hablaba del Instituto en términos de recuerdos.

En 1972, Juan tuvo que dejar la dirección de la Escuela de Física. Hacía seis años que había sido elegido para ese puesto. De pronto se dio cuenta que los lazos que lo habían unido tan fuertemente a la física habían desaparecido. Era como si le hubieran cercenado una parte vital de su personalidad. En esta posición de desesperanza, tomó la decisión de dedicar lo mejor de su capacidad creativa a resucitar y modernizar el Instituto de Física. Así empezó una carrera contra el tiempo que culminaría con el resurgimiento de una de las instituciones de investigación más prestigiosas en el ámbito nacional.

Como todas las empresas que parten de cero, los primeros tiempos fueron difíciles. Fueron los tiempos de los planes, de las citas, de las antesalas, de las discusiones. De soñar, de convencer. Se dice que, en ese tiempo, el Instituto existía dentro del inseparable portafolios de Juan. Así fue, en efecto. El renacimiento del Instituto pasó su periodo de incubación encerrado en ese portafolios entre propuestas, planos, oficios, acuerdos, y cosas por el estilo.

En esta difícil tarea de rescatar del olvido al Instituto de Física, Juan no estuvo solo. Contó con la comprensión y apoyo del abogado Roberto Leyva Torres, Rector de la UASLP, y del astrofísico Joel Cisneros Parra, director de la Escuela de Física. Y no se puede olvidar la valiosa colaboración de fuentes externas a la UASLP, entre ellas la intervención directa, decidida, de Ariel Valladares de la UNAM, y las aportaciones económicas de la ANUIES, del CONACYT, de la OEA y de la SEP. Todo este esfuerzo orquestado por la mente romántica de Juan Cárdenas tomó cuerpo en 1978, con la inauguración del flamante edificio que en adelante albergaría al Instituto de Física, símbolo de una nueva época.

La visión de Juan fue amplia y generosa. En su afán por fortalecer la física en todos sus aspectos, pensó que, además de la investigación, el Instituto de Física debía dar cabida a la labor docente, a nivel de posgrado. Fue así como se puso en marcha un programa que produjo, en 1986, el primer doctorado en física en provincia, encarnado en el joven científico Pedro Villaseñor González.

El Instituto de Física es la obra con la que mejor se identifica la personalidad de Juan Cárdenas. Allí están representados sus sueños, su visión, su coraje, sus luchas, su tozudez. Fue él quien rescató del olvido lo que en los años cincuenta fue una flor exuberante, pero de existencia fugaz.

En su esencia más íntima, a Juan Cárdenas se le puede definir como un romántico a ultranza. El romanticismo lo persiguió todo el tiempo, como una sombra inseparable. Del romanticismo extrajo la energía para realizar su vida. Nunca fue atraído por el dinero. Vivió modestamente, sin lujos, sin riquezas.

Murió en la ciudad de San Luis Potosí, cuna de sus triunfos y amarguras, el 19 de abril de 1998. Sus cenizas descansan en el Templo de Tequisquiapan.

Desde esa morada, en la más profunda soledad del silencio, Juan ve pasar nuevos capítulos de la historia, en la que él fue uno de sus mejores actores.